La llegada..
Ufff… llegó el momento.
Ese momento que imaginaste tantas veces. Venis de despedirte de tu familia, de tus amigos, de tus lugares conocidos. Una despedida con tristeza, porque dejar atrás una vida nunca es sencillo, pero también con esa ilusión enorme de que todo está por escribirse.
El comienzo de una nueva etapa. La oportunidad de desarrollar eso que durante tanto tiempo venías organizando, soñando y planeando.
Preparaste valijas, hiciste listas, imaginaste cómo sería tu nueva vida. Pensaste en las calles, en los lugares que ibas a conocer, en las nuevas experiencias que estaban por llegar.
Y de repente… llegaste.
Llegaste a ese país que tantas veces imaginaste y empezaste a descubrir que algunas cosas eran diferentes a como las habías pensado.
Las palabras, por ejemplo.
Quizás nunca imaginaste que te iba a llamar la atención escuchar otros modos de decir las cosas. Que ibas a escuchar un "vale", un "coger", un "ordenador" o tantas expresiones nuevas que al principio sonaban extrañas. Tal vez hasta te sorprendía escuchar a algún argentino usando palabras del lugar.
Y un día, sin darte cuenta, esas palabras empezaron a formar parte de tu propio lenguaje.
Y está bien.
No significa que estés dejando de ser quien sos. Significa que estás adaptándote.
Porque emigrar es eso: aprender una nueva forma de habitar un lugar sin perder las raíces que traemos con nosotros.
La llegada también trae una mezcla de emociones. Está la alegría de lo nuevo, la emoción de descubrir una ciudad diferente, caminar por calles desconocidas, conocer lugares hermosos y sentir que una nueva vida empieza.
Pero también está la otra parte.
La burocracia. Los trámites. Las esperas. Ese famoso "NIE" que necesitás para poder avanzar, trabajar o sentir que finalmente empezás a acomodarte.
Y quizás apareció alguien que te ayudó. Un familiar, un amigo, alguien que te abrió las puertas en un momento importante. Y junto con el agradecimiento puede aparecer una sensación difícil de explicar: la culpa de molestar, de sentir que estás ocupando un espacio que no es tuyo, de no querer cargar a quienes te están acompañando.
También empezaste a conocer diferencias que no esperabas.
Europa tiene lugares maravillosos, calles llenas de historia y paisajes increíbles, pero quizás te encontraste con espacios más reducidos, con departamentos diferentes a los que conocías, con otra forma de vivir el hogar.
Y aparece esa comparación inevitable con nuestra querida Argentina: los espacios grandes, el verde, las reuniones, los sonidos y las costumbres que forman parte de nuestra historia.
Al principio todo es descubrimiento. Caminás calles nuevas, sacás fotos, te sorprendés con cada rincón y disfrutás de esa sensación de estar empezando algo distinto.
Hasta que, en algún momento, puede aparecer una emoción que quizás no esperabas.
Extrañar.
Extrañar una comida, una voz, una charla espontánea, una costumbre, una persona. Extrañar incluso cosas que antes parecían pequeñas.
Y junto con el extrañar pueden aparecer preguntas:
"¿Qué hago acá?"
"¿Tomé la decisión correcta?"
"¿Por qué me siento así si yo elegí venir?"
Estas preguntas forman parte del proceso.
La migración no es solamente cambiar de país. Es atravesar un cambio profundo en nuestra identidad, nuestros vínculos y nuestra manera de relacionarnos con el mundo.
Es posible sentir felicidad por la nueva vida que estás construyendo y, al mismo tiempo, tristeza por lo que dejaste atrás.
Ambas cosas pueden convivir.
La llegada no es solamente llegar a un destino. Es empezar a construir un nuevo lugar para nosotros mismos, con todo lo que traemos y todo lo que estamos aprendiendo.
Y en ese camino, no tenés que dejar de ser quien sos para adaptarte. Podés construir una nueva versión de vos, llevando tus raíces con vos.
Agustina Campagnolo
Psicóloga argentina | Atención online
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